Hace dos días terminé de leer Transilvania Unplugged, de Eduardo Sánchez Rugeles, la novela que me acompañaba mientras esperaba entrar a mi curso de francés. No sé si catalogarla como novela negra, aunque la zozobra que experimenté a medida que me enteraba de lo que sucedía con sus dos personajes principales --dos venezolanos llamados Emilio y José Antonio-- no me dejó tranquilo en todo el día. Entonces, me puse a cavilar sobre las razones de por qué me angustié con esa novela, y concluí que hubo dos razones. La primera: los dos venezolanos eran unos imprudentes, porque nadie tan osado se atreve a aventurarse a buscar ciudadanos de otras latitudes en un país donde no se conoce ni la lengua ni la idiosincrasia, ni las actitudes de la gente. Lo segundo: Sánchez Rugeles pintó a Rumania como una nación de corruptos, malvivientes, con deformidades físicas e intenciones soterradas. No es el mejor concepto que se lleva el lector acerca de Rumania.
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| La Rumania de Google tiene su encanto |
Así, consideré que un rumano nacionalista no recibirá a Sánchez Rugeles con los brazos abiertos. De hecho, quizás le hagan una bienvenida parecida a la que le hizo el rumano Jean al apátrida José Antonio, metiéndole el cañón de una pistola en la boca. Probablemente exagero. Pero este pensamiento me hizo recordar el episodio en que el Gobierno venezolano se alborotó después de la emisión de un capítulo de la serie norteamericana Homeland, cuando el personaje principal, el sargento Brody, es llevado a la "emblemática" Torre de David caraqueña y descubre un submundo de drogas, prostitución y asesinatos. La sustancia de los venezolanos en la serie era la misma de la que estaban hechos los personajes rumanos de la novela sobre Transilvania: seres corrompidos.
Desconozco si la Rumania de Sánchez Rugeles es el vivo retrato de la Rumania real. Me atrevo a pensar que no. Creo que es un país bonito, desconocido para el latino ordinario, pero atractivo. Inmediatamente después de terminar el libro googleé Rumania, Bucarest, Mar Negro, Transilvania, Brazov, Sibiu, Tulcea, para quitarme de la mente las imágenes de desolación de los ciudadanos, las calles y los parajes rumanos de la novela, y debo decir que las fotografías que vi muestran un rostro afable y encantador de la nación dacia. Del mismo modo googleé Caracas (que es un ejercicio que bien pudo haber hecho cualquier televidente gringo después de ver "la serie favorita de Obama"), y encontré imágenes bastante llamativas de las torres de Parque Central, el Ávila (para mí siempre será el Ávila), la plaza Altamira y el Teatro Municipal, que muestran sin duda otro semblante de la capital venezolana.
Después de la zozobra que me generó Transilvania Unplugged solo puedo pensar que cada pueblo tiene razones para sentirse orgulloso de su tierra y su nacionalidad. Quizás a los rumanos se les hincha el pecho cuando hablan o escuchan hablar de Nadia Comăneci, del mismo modo que a los venezolanos nos encanta conversar sobre nuestros paisajes variopintos. Los suecos se enorgullecerán de Abba y de Ingmar Bergman; los dominicanos, de sus playas y el merengue. Los autralianos verán en los koalas y los canguros un emblema nacional, y los surafricanos no pararán de hablar de Mandela y su legado.
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| La Venezuela de Google... Sí, sin duda. También tiene lo suyo |
Habrá igualmente, supongo, evidencias de desdén patrio. Por ejemplo, si yo fuese sueco no me sentiría orgulloso de la tasa de suicidios de mi país, y si fuese dominicano no me agradaría mucho que un extranjero comentara sobre la prostitución en la isla. De igual modo, yo como venezolano no me siento muy feliz de las oportunidades desperdiciadas, de la liviandad con que vemos la vida, de las decisiones mal tomadas o --para referirme a un asunto más trivial-- de la carencia de un verdadero símbolo gastronómico. Tal vez cada pueblo tiene los mismos sentimientos encontrados con respecto a su carácter, a su historia, a su geografía. Creo que ningún pueblo está exento de sentir (y de manifestar) cierta vergüenza patria. A los rumanos (y a los venezolanos) quizás no les ayude mucho la novela de Sánchez Rugeles a expulsar esos sentimientos de su inconsciente. Sin embargo, el conocer esos defectos, exteriorizarlos, saber que están presentes, debe de ayudar a un pueblo a corregirlos. Desconozco si los rumanos han empezado a hacerlo. Lo que sí sé es que al venezolano aún le falta mucho trecho para resolver sus conflictos, porque todavía no ha pasado la frontera de la aceptación de sus faltas.


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