Esta semana comencé a leer una novela
llamada Transilvania Unplugged,
de un escritor venezolano llamado Eduardo Sánchez Rugeles. Leo la novela
mientras voy en el transporte público o cuando espero para entrar a un curso de
francés en el que me inscribí hace unos días. Así que del libro no tengo mucho
adelantado. Hasta ahora, el narrador de la historia me ha relatado que hay dos
venezolanos que viajaron a Rumania: uno de ellos quiere abrirse campo laboral
en la Europa del Este; el otro intenta darle forma a su identidad como
escritor, teniendo como excusa la búsqueda de sus orígenes en tierra dacia.
| Portada de la novela de E. Sánchez Rugeles |
Como notarán, no sé todavía hacia dónde
irá desarrollándose la trama de la novela; sin embargo, leer "algo"
sobre un tema desconocido --por ejemplo, la historia reciente de un país tan
remoto para el venezolano ordinario como Rumania-- siempre me entretiene. En la
novela, pues, aparecen unos cuantos nombres de la vida política rumana, y salta
muchísimo uno que desconocía: Nicolae Ceausescu. Ceausescu es presentado en Transilvania Unplugged como el último presidente rumano antes
de la caída del Muro de Berlín, un hombre con mucha suerte que, sin embargo,
atrajo también muchos enemigos, algunos de los cuales terminaron derrocándolo.
Nada más destacable de Ceasescu se me ha descrito hasta ahora en el libro
porque --y de eso sí estoy seguro-- la historia no se centra en ese personaje.
Pero para entender un poco más sobre lo próximo que lea de la novela, googleé
el nombre de Ceausescu y me salió otro epíteto que Sánchez Rugeles, hasta la
página 66 del libro, ha preferido obviar: dictador.
Otra página web con información sobre Ceausescu me dice que su Gobierno se
caracterizaba por un exacerbado culto a la personalidad, incluso él se
autodenominaba el "conducatore" (traducido literalmente al español es
el "conductor". Este término sí lo utiliza Sánchez Rugeles).
No pretendo defender o elogiar, pero
tampoco criticar, a un gobernante de una nación tan extraña, para mí, como
Rumania, porque no sé cuáles fueron los méritos o fracasos de su mandato. Sin
embargo, quiero resaltar el hecho de que las pocas páginas que revisé sobre
Ceausescu, así como el hecho de que él mismo se hiciera llamar el "conducatore"
de Rumania, hace que me surjan sentimientos de animadversión, porque noto
indicios de que, en efecto, era un hombre que en su país se creía "el
redentor" (con lo cual había manifestaciones religiosas en torno a su
persona. Y no soy muy amigo de las religiones) y eso le hacía tomar decisiones
unilaterales con respecto a la política, la economía y la vida social del
pueblo que presidía, porque él, y solo él, tenía la razón y sabía qué hacer
ante los problemas.
Los presidentes que exacerban su imagen y
hacen propaganda a partir de su persona no se ganan mi respeto. Gastan más
dinero vendiendo su imagen que ofreciendo servicios de calidad a su gente. Y no
lo digo porque lo leí en alguna parte, sino porque como venezolano lo he
vivido. Al señor que venera la mitad de los venezolanos lo veíamos --y lo
seguimos viendo-- en cada mural, en cada cadena nacional, en cada panfleto. Y
para hacer eso se gasta dinero. Pero en la noche se va la luz y en el día el
venezolano corriente tiene que, disciplinadamente, hacer una cola para comprar
papel higiénico o leche.
Estos "conducatores", me parece,
habrían sufrido algún trastorno de comportamiento infantil que les hizo pensar,
de adultos, que podían ser venerables. Probablemente, cuando niños, la mamá les
negó un abrazo y un beso de buenas noches, o en la escuela no los escogieron
para algún acto cultural. Y en la adolescencia, tal vez, se ahogaron con
sentimientos de inferioridad porque tenían acné o no gozaban de una complexión
física del actor de moda. Si Ceasescu o el "conducatore" venezolano
vivieran en la época Instagram o Facebook, estarían colgando fotos de sí
mismos, tomadas por ellos mismos, en las redes sociales, porque con eso
estarían llenando un vacío emocional. Quizás los "conducatores" del
futuro están colgando sus selfies en este momento con el mismo
objetivo. Y dentro de
unos años, cuando estén en la cresta de la ola del poder
y de la representatividad de su pueblo, se harán fotos, y mandarán a que las
retoquen (porque nunca quedarán conformes con un ángulo o una sombra en las
imágenes de sí mismos) y las reproduzcan miles de veces para que sus súbditos
no olviden quién será (en tiempo futuro. La salvación nunca es presente) el que
resuelva todos sus males. Lo malo, lo que parecen esos conducatores olvidar, es
que el afiche de su rostro no da de comer a nadie, excepto al trabajador
gráfico que colabora con la reproducción de la foto.
![]() |
| Ceasescu: él se ve como en la izq.; sus detractores, como en la der. |
Pobre Ceacescu, su fotografía en Transilvania Unplugged no me ha causado buena impresión.
Sospecho que en la novela de Sánchez Rugeles, aunque no sea propiamente un
personaje, es el iniciador de los males de algunos que sí lo son.

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