jueves, 10 de abril de 2014

El selfie del "conducatore"

Esta semana comencé a leer una novela llamada Transilvania Unplugged, de un escritor venezolano llamado Eduardo Sánchez Rugeles. Leo la novela mientras voy en el transporte público o cuando espero para entrar a un curso de francés en el que me inscribí hace unos días. Así que del libro no tengo mucho adelantado. Hasta ahora, el narrador de la historia me ha relatado que hay dos venezolanos que viajaron a Rumania: uno de ellos quiere abrirse campo laboral en la Europa del Este; el otro intenta darle forma a su identidad como escritor, teniendo como excusa la búsqueda de sus orígenes en tierra dacia.
Portada de la novela de E. Sánchez Rugeles
Como notarán, no sé todavía hacia dónde irá desarrollándose la trama de la novela; sin embargo, leer "algo" sobre un tema desconocido --por ejemplo, la historia reciente de un país tan remoto para el venezolano ordinario como Rumania-- siempre me entretiene. En la novela, pues, aparecen unos cuantos nombres de la vida política rumana, y salta muchísimo uno que desconocía: Nicolae Ceausescu. Ceausescu es presentado en Transilvania Unplugged como el último presidente rumano antes de la caída del Muro de Berlín, un hombre con mucha suerte que, sin embargo, atrajo también muchos enemigos, algunos de los cuales terminaron derrocándolo. Nada más destacable de Ceasescu se me ha descrito hasta ahora en el libro porque --y de eso sí estoy seguro-- la historia no se centra en ese personaje. Pero para entender un poco más sobre lo próximo que lea de la novela, googleé el nombre de Ceausescu y me salió otro epíteto que Sánchez Rugeles, hasta la página 66 del libro, ha preferido obviar: dictador. Otra página web con información sobre Ceausescu me dice que su Gobierno se caracterizaba por un exacerbado culto a la personalidad, incluso él se autodenominaba el "conducatore" (traducido literalmente al español es el "conductor". Este término sí lo utiliza Sánchez Rugeles). 
No pretendo defender o elogiar, pero tampoco criticar, a un gobernante de una nación tan extraña, para mí, como Rumania, porque no sé cuáles fueron los méritos o fracasos de su mandato. Sin embargo, quiero resaltar el hecho de que las pocas páginas que revisé sobre Ceausescu, así como el hecho de que él mismo se hiciera llamar el "conducatore" de Rumania, hace que me surjan sentimientos de animadversión, porque noto indicios de que, en efecto, era un hombre que en su país se creía "el redentor" (con lo cual había manifestaciones religiosas en torno a su persona. Y no soy muy amigo de las religiones) y eso le hacía tomar decisiones unilaterales con respecto a la política, la economía y la vida social del pueblo que presidía, porque él, y solo él, tenía la razón y sabía qué hacer ante los problemas. 
Los presidentes que exacerban su imagen y hacen propaganda a partir de su persona no se ganan mi respeto. Gastan más dinero vendiendo su imagen que ofreciendo servicios de calidad a su gente. Y no lo digo porque lo leí en alguna parte, sino porque como venezolano lo he vivido. Al señor que venera la mitad de los venezolanos lo veíamos --y lo seguimos viendo-- en cada mural, en cada cadena nacional, en cada panfleto. Y para hacer eso se gasta dinero. Pero en la noche se va la luz y en el día el venezolano corriente tiene que, disciplinadamente, hacer una cola para comprar papel higiénico o leche. 
Estos "conducatores", me parece, habrían sufrido algún trastorno de comportamiento infantil que les hizo pensar, de adultos, que podían ser venerables. Probablemente, cuando niños, la mamá les negó un abrazo y un beso de buenas noches, o en la escuela no los escogieron para algún acto cultural. Y en la adolescencia, tal vez, se ahogaron con sentimientos de inferioridad porque tenían acné o no gozaban de una complexión física del actor de moda. Si Ceasescu o el "conducatore" venezolano vivieran en la época Instagram o Facebook, estarían colgando fotos de sí mismos, tomadas por ellos mismos, en las redes sociales, porque con eso estarían llenando un vacío emocional. Quizás los "conducatores" del futuro están colgando sus selfies en este momento con el mismo objetivo. Y dentro de
Ceasescu: él se ve como en la izq.; sus detractores, como en la der.
unos años, cuando estén en la cresta de la ola del poder y de la representatividad de su pueblo, se harán fotos, y mandarán a que las retoquen (porque nunca quedarán conformes con un ángulo o una sombra en las imágenes de sí mismos) y las reproduzcan miles de veces para que sus súbditos no olviden quién será (en tiempo futuro. La salvación nunca es presente) el que resuelva todos sus males. Lo malo, lo que parecen esos conducatores olvidar, es que el afiche de su rostro no da de comer a nadie, excepto al trabajador gráfico que colabora con la reproducción de la foto. 
Pobre Ceacescu, su fotografía en Transilvania Unplugged no me ha causado buena impresión. Sospecho que en la novela de Sánchez Rugeles, aunque no sea propiamente un personaje, es el iniciador de los males de algunos que sí lo son.

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