martes, 25 de septiembre de 2018

Es la búsqueda de identidad, amigos



Parecen razonables las posiciones de diferentes expresiones antitotalitarias cuando se discute acerca de la pertinencia o no de usar como fondo musical –en un acto que se perfilaba como políticamente importante para los factores democráticos venezolanos en el aula magna de la universidad más importante del país– las composiciones de Alí Primera. Parecen razonables pues, por un lado, se defiende la amplitud de valoraciones en la búsqueda de la fundación de un nuevo país, en donde tendrán cabida las visiones liberales, las democráticas, las conservadoras, las vanguardistas, y también (por qué no) las socialistas moderadas. Por otro, se señala o se acusa de esconder, tras un fondo musical, los mismos modos que ha entrañado el sistema que corrompió a una sociedad entera.
Y sí, usar un símbolo, aunque sea musical, de una facción política que ha degenerado en una banda de criminales no puede sino producir un espontáneo rechazo en quienes se han sentido afectados y, más allá, vulnerados en su condición humana por aquellos que en ya cuatro lustros han impuesto un modus vivendi nefasto. Podemos sentir el gusto por una melodía, podemos conmovernos con la letra compuesta por alguien que no conoció nunca a los criminales que hoy lo yerguen como un «camarada» más. Pero lo que no podemos hacer, si queremos fundar una nueva visión de país, es usar esa misma melodía y esa misma letra para dar un mensaje diferente. Es cuestión de identidad, pero de identidad ciudadana, no individual. Antes de fundar un nuevo país, con un nuevo modo de ver y de construirnos, tenemos que cambiar los símbolos que, como ciudadanos, se nos han impuesto.
Para muchos de nosotros, la apropiación de un producto cultural por aquellos que nos han mancillado derivará en el lamento. Derivará en ello porque somos libres de decir que una canción, un poema, una novela, son excelsas obras de arte que despiertan en nosotros sensaciones, nostalgias, pasiones. Pero es lamentable porque aquello que nos apasionó, pero que funcionó como pieza en un aparato ideológico ultrajante, jamás será usado por nosotros para convencer a otros de nuestros dignos y nobles ideales. Para fines políticos, hay que saber renunciar públicamente a los símbolos.
Los que queremos un nuevo país, antes de fundarlo, debemos aprender a entender quiénes somos, qué nos caracteriza, y debemos encontrar marcas de identidad visiblemente distintas a lo que rechazamos de forma rotunda. Por eso yo, antitotalitarista, no uso camisas rojas, aunque me parezca ese un color deleitoso; por eso algunos han preferido no escuchar jamás las palabras pronunciadas por aquel que escribió hace cuarenta y tantos años un cuento tan finamente logrado como Helena, aunque todavía sigan leyendo el relato en la intimidad de su casa.
¿Cuáles son los símbolos que identificarán al país que queremos? Responder a esa pregunta es, a mi criterio, la primera tarea política de una sociedad deteriorada y con la obligación moral de resurgir luego de que esta hoguera a la que estamos sometidos solo deje las cenizas. Los que queremos reconstruir al país (desde dentro y desde fuera) merecemos estandartes culturales que nos definan colectivamente y nos distancien de este presente que ya envejeció.