Parecen
razonables las posiciones de diferentes expresiones antitotalitarias cuando se
discute acerca de la pertinencia o no de usar como fondo musical –en un acto
que se perfilaba como políticamente importante para los factores democráticos
venezolanos en el aula magna de la universidad más importante del país– las
composiciones de Alí Primera. Parecen razonables pues, por un lado, se defiende
la amplitud de valoraciones en la búsqueda de la fundación de un nuevo país, en
donde tendrán cabida las visiones liberales, las democráticas, las
conservadoras, las vanguardistas, y también (por qué no) las socialistas
moderadas. Por otro, se señala o se acusa de esconder, tras un fondo musical,
los mismos modos que ha entrañado el sistema que corrompió a una sociedad
entera.
Y sí, usar un
símbolo, aunque sea musical, de una facción política que ha degenerado en una
banda de criminales no puede sino producir un espontáneo rechazo en quienes se
han sentido afectados y, más allá, vulnerados en su condición humana por
aquellos que en ya cuatro lustros han impuesto un modus vivendi nefasto. Podemos sentir el gusto por una melodía,
podemos conmovernos con la letra compuesta por alguien que no conoció nunca a
los criminales que hoy lo yerguen como un «camarada»
más. Pero lo que no podemos hacer, si queremos fundar una nueva visión de país,
es usar esa misma melodía y esa misma letra para dar un mensaje diferente. Es
cuestión de identidad, pero de identidad ciudadana, no individual. Antes de
fundar un nuevo país, con un nuevo modo de ver y de construirnos, tenemos que
cambiar los símbolos que, como ciudadanos, se nos han impuesto.
Para muchos de
nosotros, la apropiación de un producto cultural por aquellos que nos han
mancillado derivará en el lamento. Derivará en ello porque somos libres de
decir que una canción, un poema, una novela, son excelsas obras de arte que despiertan
en nosotros sensaciones, nostalgias, pasiones. Pero es lamentable porque aquello
que nos apasionó, pero que funcionó como pieza en un aparato ideológico
ultrajante, jamás será usado por nosotros para convencer a otros de nuestros dignos
y nobles ideales. Para fines políticos, hay que saber renunciar públicamente a
los símbolos.
Los que
queremos un nuevo país, antes de fundarlo, debemos aprender a entender quiénes
somos, qué nos caracteriza, y debemos encontrar marcas de identidad
visiblemente distintas a lo que rechazamos de forma rotunda. Por eso yo,
antitotalitarista, no uso camisas rojas, aunque me parezca ese un color
deleitoso; por eso algunos han preferido no escuchar jamás las palabras
pronunciadas por aquel que escribió hace cuarenta y tantos años un cuento tan
finamente logrado como Helena, aunque
todavía sigan leyendo el relato en la intimidad de su casa.
¿Cuáles son los
símbolos que identificarán al país que queremos? Responder a esa pregunta es, a
mi criterio, la primera tarea política de una sociedad deteriorada y con la
obligación moral de resurgir luego de que esta hoguera a la que estamos
sometidos solo deje las cenizas. Los que queremos reconstruir al país (desde
dentro y desde fuera) merecemos estandartes culturales que nos definan colectivamente y nos
distancien de este presente que ya envejeció.
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