Ayer en la tarde vi una película alemana
llamada Good Bye, Lenin!, de Wolfgang
Becker. La película cuenta la historia de un joven, Alex, cuya madre, Christiane,
días antes de la caída del Muro de Berlín, cae en estado de coma tras sufrir un
infarto. Christiane, que pertenecía al partido socialista de la Alemania del
Este y que estaba orgullosa de los ideales que dominaban la mitad del suelo germano, despierta
ocho meses después, ya con el Muro de Berlín caído y con la Alemania Oriental
invadida por la vida capitalista de la nación hermana. Alex, que quiere
evitarle a su madre la áspera sorpresa de ver el sistema socialista derrotado
y, por consiguiente, una recaída que la lleve a la muerte, recrea para ella,
bajo el techo de su apartamento, una nación socialista que no solo se mantenía
viva, sino que además derrotaba poco a poco el sistema de vida de la Alemania
Occidental.
Good Bye,
Lenin! es
llamativa, entretenida. Pero más allá de dar una crítica cinematográfica,
quiero compartir un episodio de la película que me llamó la atención
particularmente: cuando los bancos alemanes abren sus oficinas para cambiar los
billetes del Este por dinero manejable dentro del nuevo sistema capitalista
alemán, Alex y su hermana le piden a Christiane que les firme una autorización
para retirar sus ahorros del banco. La madre, a quien le pareció sospechosa la
petición, preguntó si ellos tenían problemas económicos, si le ocultaban algo.
El hijo disimuló la realidad y le mintió, diciéndole que el dinero lo querían
para poder retirar el automóvil que ella había solicitado comprar al Estado. El
asombro y la felicidad de Christiane no cabía en su rostro, y dijo: “¿[lo puedo
comprar] después de tan solo tres años [de haberlo pedido]?”.
Esta
escena es la que voy a recordar siempre del largometraje, porque me recuerda la
misma realidad que nosotros, los venezolanos, pasamos desde hace unos meses
como consecuencia de este “sistema”. Hace semanas, una amiga mía me pidió que
la ayudara a redactar una carta para un concesionario de automóviles, a través
de la cual solicitaba que la agregaran en una lista de espera para poder
comprar un vehículo. Al terminar, ella me pregunta que por qué no hago lo
mismo, pues los automóviles tardan aproximadamente un año para que lleguen. Yo
le respondí que no lo haría, y aduje que no tengo el dinero suficiente para
pagar un carro. Ella me insiste, y me argumenta que en un año yo puedo reunir
suficiente dinero para una inicial o buscar el modo de pedir un préstamo a un
banco. Pero el argumento no me convenció y mantuve mi negativa. Y voy a
explicar en los siguientes párrafos mis razones, que están fundadas más en
principios personales que en ahorros insuficientes.
Un
sistema capitalista, lo reconozco, es imperfecto. No valoro para nada el hecho
de que, una vez dentro del sistema, tienes que comenzar desde abajo, y la
explotación de aquellos que ya están arriba se vuelve repetitiva y muchas veces
se tiñe de injusticia. No obstante, sí valoro el tesón que produce el trabajo
constante, y el que gracias a esa constancia cualquiera que esté abajo puede
poco a poco surgir y mejorar, gracias a sus propios medios, su calidad de vida.
No hablo de que luego de que surjan de los estratos menos favorecidos se
conviertan necesariamente en explotadores; me refiero a que con trabajo propio
y honrado, sin más ayuda que las facilidades administrativas del mismo sistema,
un ciudadano puede organizar su vida, hacerla más cómoda y de mayor calidad.
Esto equivale a que, por ejemplo, si ese mismo ciudadano quiere comprar un
apartamento en la zona residencial de su preferencia, puede hacerlo siempre y
cuando el mismo sistema se lo permita, le facilite los trámites. Si su deseo es
irse de vacaciones al extranjero –a Viena, Bogotá o Toronto– lo puede hacer,
siempre y cuando su trabajo rinda frutos para ello y el sistema imperante no
estorbe. Si lo que quiere este ciudadano es más bien comprar un automóvil verde,
o amarillo o negro; de 1.4, 2.0 o 3.4 litros; de dos, cuatro o cinco puertas,
puede hacerlo sin más obstáculos que el que le genere su propio esfuerzo y
sacrificio.
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| Christiane con los ojos vendados |
Pero en
un sistema como el que vivimos ese ciudadano tiene que conformarse con lo que
el Estado le oferta, que no es necesariamente lo que él quiera. Se tiene que
ajustar al Estado; el Estado controla adónde va, qué lee, cuál es su medio de
transporte, incluso cuánto dinero debe guardar en el bolsillo (no exagero, pues
el Estado sólo permite llevar 700 dólares para viajar a algunos destinos del
globo terráqueo). De igual manera, cuando ese ciudadano se anota en una lista
de espera para un vehículo, no tiene libertad de escoger; debe conformarse con
el que llegue porque “eso es lo que hay”. Asimismo, cuando va al supermercado a
buscar jabón de baño y solo consigue el que tiene aroma a “pepino y leche”
(sigo sin exagerar: ese es el aroma del último jabón que compré, hace ya dos
meses), ese mismo ciudadano debe comprarlo, porque el sistema en el que
vivimos, dado que no oferta otros jabones, no le da libertad de elegir otras
fragancias. Entonces, si es el Estado el que decide por él, si tiene que
esperar a que el Estado le dé lo que crea conveniente, entonces ese ciudadano
no es libre, está preso. Obviamente, no me refiero a la misma prisión en la que
este sistema decidió encarcelar, saltándose todos los procesos jurídicos, a dos
alcaldes electos hace tan solo cuatro meses con más de las dos terceras partes
de los votos; me estoy refiriendo a la imposibilidad de elección, incluso de
planificación de vida, de los ciudadanos de a pie. Hace días hablaba con un
amigo, simpatizante de este sistema, que sin embargo se quejaba de que no había
conseguido cemento en todo este año para seguir construyendo su casa –que ya
por el tiempo que tiene construyéndola debía estar lista– y el que consigue lo
venden a 400 bolívares la paca. En un sistema como este, sin libertad
económica, sin independencia ni poder de decisión individual de sus ciudadanos,
ninguno de estos puede organizar nada. Su vida, su existencia, su tiempo,
incluso sus planes futuros, se supeditan a lo que el Estado decrete, y también
prohíba. Y es este mismo Estado el que se nutre y fortalece con las carencias y
las necesidades de sus ciudadanos.
Por eso,
aun cuando pueda tener mis reservas frente al sistema capitalista, un sistema
como este (que no sé qué calificativo darle, la verdad) es más imperfecto aún,
porque obstaculiza el trabajo libre, enquista en el poder a los que tienen más
poder, les crea nuevas necesidades a sus ciudadanos (la leche condensada no es
de primera necesidad, y sin embargo he visto a mucha gente haciendo cola fuera
de supermercados para comprar dos latas de este producto). Este sistema también
prohíbe y hasta ilegaliza las alternativas a la voluntad y control del Estado,
y lo peor: trivializa los reclamos legítimos de un sector de la población que
les exige a los representantes de ese sistema mayor calidad de vida.
La
película, pues, me recordó el episodio con mi amiga. Y rechacé sus argumentos y
la posibilidad de anotarme en esa lista porque no quiero alimentar con una
necesidad mía a este sistema prohibicionista. Por eso tampoco hago colas en los
supermercados: prefiero bañarme con jabón azul o dejar de tomar merengadas caseras,
que perder mi tiempo bajo el sol porque haya sido voluntad y decisión de este
sistema el administrar lo que se vende y la forma en que se vende. Prefiero
caminar de mi casa al trabajo antes de que mi nombre forme parte de una lista y
con ello doblegarme a un sistema corrompido que destruyó la voluntad de
superación personal e individual en un mundo y una época en los cuales se
sobrevive por trabajo y no por mendicidad ni manifestaciones de amor
cuasi-religiosas a un “líder”. Prefiero, y concluyo con esto, creer en mi
trabajo y esforzarme el triple para conseguir lo poco que tenga, antes que
esperar algo de este sistema que nos gobierna, que maneja una ideología que
nada tiene que ver con trabajo y sí con propaganda y holgazanería.

Excelente monologo man! Quiero ver esa pelicula. Saludos
ResponderEliminarLos teóricos anarquistas llaman a eso acción directa. Algo como un ejercicio de protesta y resistencia personal, no sujeto a ninguna directriz política hasta donde lo entiendo. Yo también lo ejerzo. No hago colas, no compro en supermercados ni tiendas del gobierno, no solicito nada, no asisto a eventos, etc. Trae sus consecuencias, y las asumo como una manera de no faltar a mis principios.
ResponderEliminaruna de mis películas alemanas preferidas, también me gusta el actor principal! busca una que se llama The Edukators! saludos :)
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